Le miré y supe que mentía. No estaba bien. Me lo decían sus ojos de cristal que parecían estallar. Lo noté en su mirada esquiva. En su falsa sonrisa. En sus manos temblorosas y en su voz a punto de romperse.
- No lo estás. - le dije aún con mis manos cruzadas sobre el pecho.
- ¿Qué? - me preguntó de nuevo con una sonrisa sin vida, sin nada real. Con una sonrisa que solo conseguía preocuparme más.
- No hace falta que me mientas. Además, si quieres un abrazo puedes pedírmelo.
Me miró y le miré. Sus ojos dejaron escapar las lágrimas, ahora el cristal se había fundido. Se mordió el labio para intentar retener las gotitas que recorrían sus mejillas. Pero no la abracé, aunque lo estaba deseando, no la abracé. Permanecí firme sobre mis piernas. Ella levantó la cabeza, sus lágrimas seguían su recorrido.
- Abrázame - me dijo con un hilo de voz. Su dulce voz.
Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos alrededor del cuello. Ella hizo lo mismo con mi espalda. Apoyó su cabeza sobre mi pecho y rompió a llorar. No dije nada, guardé silencio. Le ofrecí mi compañía, mis brazos, mi ternura, mi amor. Hasta que por fin, paró. Me miró sonriendo, y con un poco de reproche.
- ¿Por qué has hecho que te lo pidiera cuando sabías que lo necesitaba? - dijo con las mejillas aún mojadas y coloradas.
- Quiero que sepas que estoy aquí para ti. Si yo no te hubiese dicho nada, tú no hubieses sido capaz de pedirme que te abrazara. Y ahora, segurías llorando sobre tu almohada. Por eso esperé a que me lo pidieras. Para que te des cuenta de que puedes hacerlo, de que no esperes a que yo de el paso. Porque quizás a mi me cuesta tanto como a ti.
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