Diría que existen tres tipos de despedidas. La despedida planeada en la que sabes que habrá un reecuentro, la despedida invisible y la muerte.
La primera posiblemente sea la más común, y quizás, la menos dolorosa. Se repite continuamente: cuando terminan las vacaciones y un familiar que vive fuera vuelve a su casa, cuando un estudiante de universidad cambia de ciudad durante unos meses... Sí, duele. Pero al fin y al cabo, en el 95% de los casos no es una despedida definitiva.
La despedida invisible es bastante jodida. Ocurre sin que te des cuenta y sin ningún motivo aparente. Poco a poco, en silencio, hasta que después de un tiempo descubres que le has perdido. Que os habéis perdido. Y no sabes qué pasara. En realidad, no ha habido despedida. Ningún abrazo que indique que de alguna forma, acaba.
Y la muerte. A veces "planeada" y otras invisible. Porque en ocasiones podemos sospechar que ocurrirá, pero en otras, viene de repente y para siempre. La muerte.
Lágrimas de papel. Sonrisas de papel. En definitiva, sentimientos plasmados en unas líneas.
viernes, 6 de septiembre de 2013
viernes, 2 de agosto de 2013
La luna me perseguía
La luna corría detrás de mí, me perseguía. Era justo del tamaño de mi dedo. Viajaba conmigo. Yo casi gritaba de ilusión, y no dejaba de admirar ese diminuto punto blanco que sobrepasaba árboles, nubes, lluvia, edificios... Única y exclusivamente, para permanecer a mi lado. Y ahora lo pienso, si la luna hacía lo imposible por caminar junto a mí en un coche, ¿por qué simples personas desaparecen de mi vida?
Conmigo, contigo.
Entré y en su habitación y la vi. Llorando sobre la cama, ahogando sus lágrimas y derramando dolor. Me planteé si debía entrar o dejarla sola, pero decidí solamente acompañarla.
Me aproximé hasta ella en un silencio solo interrumpido por su llanto. Apoyé la cabeza en una de las almohadas y le acaricié el pelo.
- Si quieres hablar, estaré justo al otro lado de la cama.
Sus llantos cesaron, y giró la cabeza para mirarme directamente. Tenía la cara húmeda, y los ojos más rojos y tristes que jamás había visto.
- No - dijo en un susurro desesperado.
- ¿No? ¿Prefieres que me vaya? - quise huir. No era nadie para estar allí, en su cama, a su lado. No me necesitaba.
- Al otro lado de la cama no.
No supe reaccionar, ella lo hizo por mí. Se desplazó y quedamos el uno al lado del otro. Me abrazó, yo le devolví el abrazo.
- Conmigo - su aliento contra mi cuello. De nuevo, rompió a llorar.
Le di un corto beso en la frente, el más tierno que mis labios habían dado en toda una vida. Luego, la acurruqué como si fuera un osito de peluche. Mi osito de peluche.
- Contigo - le respondí.
Me aproximé hasta ella en un silencio solo interrumpido por su llanto. Apoyé la cabeza en una de las almohadas y le acaricié el pelo.
- Si quieres hablar, estaré justo al otro lado de la cama.
Sus llantos cesaron, y giró la cabeza para mirarme directamente. Tenía la cara húmeda, y los ojos más rojos y tristes que jamás había visto.
- No - dijo en un susurro desesperado.
- ¿No? ¿Prefieres que me vaya? - quise huir. No era nadie para estar allí, en su cama, a su lado. No me necesitaba.
- Al otro lado de la cama no.
No supe reaccionar, ella lo hizo por mí. Se desplazó y quedamos el uno al lado del otro. Me abrazó, yo le devolví el abrazo.
- Conmigo - su aliento contra mi cuello. De nuevo, rompió a llorar.
Le di un corto beso en la frente, el más tierno que mis labios habían dado en toda una vida. Luego, la acurruqué como si fuera un osito de peluche. Mi osito de peluche.
- Contigo - le respondí.
Había una vez
Había una vez una chica que soñaba con lo imposible e
intentaba escapar de la realidad. Era tan insegura como tímida, y odiaba estos
rasgos de su personalidad. Esta chica, cuyo nombre puedes elegir, se aferraba
al móvil y cogía aire antes de poder caminar ante un joven grupo de amigos. Pasaba la mayor
parte del tiempo sola; por gusto y por miedo. Tenía miedo de no encajar, de parecer
tonta e incluso, miedo de si misma. Había una vez una adolescente confundida, una
personalidad por pocos comprendida. Había una vez, yo.
miércoles, 3 de julio de 2013
Se va
Desaparece sin despedirse. Se va, poco a poco, sin que te des cuenta. Difuminada, arrastrada por la marea. Sin conflictos ni malos momentos, solo viento que le cambia el rumbo. Se deja llevar. La llevan. Parece que se pierde, que la pierdes. Un vacío, miedo. Llanto en silencio pasotismo a gritos. Y se sigue yendo, se la siguen llevando. ¡Haz algo! Puedes impedirlo. Si le importas, luchará contra viento y marea. Si le importas, no dejará que la lleven. Se funde, se mezcla. Se borra. Te borra. Pero tú, créeme que lo sé, no consigues apartar su huella. Definitivamente, la pierdes. Entonces lloras, lloro, porque el recuerdo dolerá por siempre.
¿Cómo son las nubes?
- Mamá, ¿cómo son las nubes? - preguntó intrigada la niña, mirando por la ventana del coche.
- Pues... Son diminutas gotitas de agua, no son esponjosas.
- ¿No son como las nubes de la feria? - volvió a preguntar la pequeña, claramente decepcionada.
- No, cariño, no son como esas.
La conversación terminó aquí, y el camino continuó en silencio. Un silencio poco real, ya que una infantil mente seguía dando vueltas. Realmente creía en que las nubes eran esponjosas, y que podría llegar hasta ellas con una enorme escalera. Creía que podía vivir flotando, durmiendo cada noche sobre una distinta. Creía que podría comerlas, y que serían sorprendentemente dulces. Creía que la lluvia formaría el arcoíris perfecto, y que se tiraría por él a modo de tobogán. Creía que todo era posible, y que nada ni nadie le impediría demostrar que aquel perfecto mundo imaginario, era el mejor jamás creado.
- Pues... Son diminutas gotitas de agua, no son esponjosas.
- ¿No son como las nubes de la feria? - volvió a preguntar la pequeña, claramente decepcionada.
- No, cariño, no son como esas.
La conversación terminó aquí, y el camino continuó en silencio. Un silencio poco real, ya que una infantil mente seguía dando vueltas. Realmente creía en que las nubes eran esponjosas, y que podría llegar hasta ellas con una enorme escalera. Creía que podía vivir flotando, durmiendo cada noche sobre una distinta. Creía que podría comerlas, y que serían sorprendentemente dulces. Creía que la lluvia formaría el arcoíris perfecto, y que se tiraría por él a modo de tobogán. Creía que todo era posible, y que nada ni nadie le impediría demostrar que aquel perfecto mundo imaginario, era el mejor jamás creado.
sábado, 15 de junio de 2013
Un agujero que pesa
Le viste llorar y sentiste que alguien te pellizcaba, ¿no? Sí, yo te entiendo. Fue como si tú también quisieras llorar. Era como si tuvieses dentro el mayor pozo del mundo, lleno de agua. Un agujero que pesa, ¿verdad? ¿A que quisiste sacar poco a poco el agua e ir quitando esa carga? Querías calmar su llanto y consecuentemente, hacer desaparecer tu pozo. Porque si él no paraba, los pellizcos y el pozo tampoco desaparecerían. ¿Me equivoco?
Vi un pájaro
Vi un pájaro y deseé ser él. Sentí miedo, y libertad. Abrí mis brazos , cerré los ojos y me dejé llevar. El viento peinaba mi pelo a su gusto, y yo me movía siguiendo mi propio ritmo. Subía para luego dejarme caer. Reía en silencio. Entonces, se escondió detrás de un edificio. Dejé de verle y caí contra la realidad. No era un pájaro. No había volado. No era tan libre como él.
Una almohada
Una almohada es más que un lugar donde apoyar la cabeza para descansar. Una almohada aguanta la sal de las lágrimas hasta que le toca darse una ducha. Una almohada soporta todos los conocimientos que hay en una cabeza el día antes de un examen. Una almohada, puede llegar incluso, a ser maltratada. Una almohada se siente sola durante todo el día, y cuando llegue la noche, no se queja. Cuando llega la noche te acoge, te arropa y te "escucha". Te sienta e intenta darte ánimo. Una almohada es más de lo que todo el mundo piensa. Una almohada es menos que una persona, pero somos cobardes y al final del día, a ella le soltamos los problemas.
Me apetece ser feliz
Y ahora solo me apetece ser feliz. Y no sé qué es lo que tengo que hacer. Necesito personas, corazones. Necesito guías y compañeros de viaje. Necesito confianza y amor. Necesito mucho para llegar a lo más alto, que no es ser una estrella del pop, es simple y a la vez complicadísimamente, ser feliz. Quizás ya lo soy, estoy casi segura. Pero quiero anunciarlo, con megáfono, sin miedo. Quiero dar la gran noticia de que sí, soy feliz.
Es injusto
Es injusto que la nieve no caiga como en los dibujos. Es injusto que cuando intestas hacer un muñequito las bolas no sean perfectas, que no se formen haciéndolas rodar. Es injusto que la nieve no sea suave como el algodón, sino más bien algo que se rompe. Porque es así su textura, se parte. Es fría y parece preciosa, pero quizás esté muy cansada. ¿No lo has pensado? No te fíes de su apariencia, porque que sea hermosa y sonría de una manera espectacular, no quiere decir que no esté a punto de romperse.
¿Segundos, minutos, horas?
Intenté recordar cuánto tiempo llevaba así. ¿Segundos? ¿Minutos? ¿Horas? Di vueltas y vueltas a la cabeza, pero manteniendo la vista en el techo, como llevaba haciendo, ¿segundos, minutos, horas? Sin parpadear. Me atrevo a decir, que incluso sin respirar. Porque así me sentía, muerta. Muerta en este mundo, mientras imaginaba el mío propio. Y allí todo era posible, todo estaba al alcance de mi mano. Así que decidí dejar pensar en el tiempo y concentrarme más en los sueños. Por lo tanto, volví a pulsar el play y de nuevo, sonreí viviendo en mi mundo ficticio. Mi mundo y solo mío.
viernes, 19 de abril de 2013
Descubrí que tenía una amiga
Necesitaba un abrazo y enseguida me acordé de ella. Cogí el
móvil y marqué su número. Intenté contener las lágrimas que amenazaban con
correr sin miedo por mis mejillas, como en una carrera. Suspiré e intenté
tranquilizarme. Pero en cuanto escuché su voz divertida al otro lado de la línea,
me derrumbé. Solo le dije que quería verle y sin dudarlo, aceptó. Quedamos las cinco en el parque, y no hablamos en toda
la tarde. Cuando me vio, corrió hacia mí y me dio un abrazo. Yo lloré contra su
hombro y sentí sus manos acariciar con ternura mi espalda. Olía su pelo y su
colonia, y sentía su preocupación. Pero no preguntó, solo me acompañó. Me
miraba y me apretaba la mano. Después, comimos helado de chocolate. Y cuando ya
estaba mejor, me dio un beso en la mejilla, y con un ”tonta”, se despidió de mí.
Entonces, fui feliz. Estaba triste porque me sentía sola, porque no sabía a
quien tenía a mi lado. Estaba triste porque tenía miedo de no tener a esas
personas importantes junto a mí. Pero esa tarde, mi miedo desapareció. Esa
tarde olvidé todo lo que en un principio había imaginado. Esa tarde confirmé lo
que todo el mundo veía, menos yo. Esa tarde descubrí, que tenía una amiga.
lunes, 15 de abril de 2013
Le cogí en brazos. Apoyé su cabeza contra mi pecho, y sonreí al escuchar su respiración tranquila. Acaricié su frente con la yema de dos dedos, y aspiré su aroma. Le acurruqué en su sueño con el movimiento lento y suave de mis brazos. Y le canté. No era una nana, era ternura. Me convertí en su reflejo, en el espejo en el que todos le veían. Mi voz dulce, mi voz tierna, mi voz suave y pacífica. Mi voz fue él, mi voz fue su personalidad. Mi voz fue un bebé.
miércoles, 20 de marzo de 2013
Sentía el verano
Estaba ahí, justamente ahí. Sentía cómo el sol calaba mi piel, y como esta le recibía encantada, tiñiéndose con el paso de los días de un color más oscuro. Sentía cómo quemaba, pero no hacía nada por evitarlo. Sentía las gafas sobre mis ojos, cerrados. Sentía el pelo húmedo, haciéndome cosquillas en la espalda. Sentía la caliente arena jugar entre mis dedos. Sentía el olor de la crema solar que brillaba sobre mi cuerpo. Sentía cómo la pelota de plástico volaba con el poco viento que había. Sentía cómo las olas llegaban y rompían, me encantaba escuchar aquel sonido. Sentía el miedo de unos niños y la alegría de otros por poder chapotear sin que nadie les dijera nada. Sentía sonar el móvil, pero lo dejé, me olvidé de él. No quería moverme. Sentía las voces de los que estaban en el chiringuito. Sentía el respirar pesado del rubio guiri que dormía a un metro de mí. Sentía muchísimas cosas, muchas. Todas llegaban a mí. Sentía tanto que tenía miedo. Pero después me tranquilicé; en realidad solo sentía una cosa: verano.
lunes, 18 de marzo de 2013
De risa a llanto
Llovía. No tenía paraguas. Las frías gotas de agua caían sobre mí. El pelo, evidentemente mojado, se pegaba a mi cara. La ropa, húmeda, pesaba más de lo normal. El maquillaje de mis ojos tiñó de negro mis mejillas. Mis labios, secos, saboreaban las mínimas gotitas. Y yo, mi persona en conjunto, era feliz.
Corría por el resbaladizo suelo de la calle, con los brazos extendidos y la cabeza mirando al oscuro y orgulloso cielo, que descargaba cada vez con más fuerza el agua. Reía. Cerraba los ojos y giraba sobre mi misma. Grité, todo el mundo debía saber que era feliz, y sobre todo, que lo era sin saber por qué. Seguí mi camino, sin destino alguno, cantando y acompañando la música con extravagantes pasos de baile. Movía el cuerpo al ritmo de la melodía inventada que se escapaba casi sin permiso de mi garganta, mi propia melodía. Esa que describía como me sentía, una melodía totalmente desconocida, pero más verdadera que ninguna otra. La banda sonora de aquel momento de mi vida, el acompañamiento a mi felicidad, una forma de tapar la cruda soledad.
De repente, sin poder controlarlo, la alegre melodía se fue tornando gris. Mi cuerpo dejó de bailar saltarín, y se abrazo a si mismo; me rodeé con mis propios brazos. Mi sonrisa desapareció, y con ella mi alegría. Entonces, sin poder evitarlo, la risa se convirtió en un llanto. Un llanto que me obligó a acurrucarme en una esquina de la calle y pasar la noche más fría de mi existencia.
Corría por el resbaladizo suelo de la calle, con los brazos extendidos y la cabeza mirando al oscuro y orgulloso cielo, que descargaba cada vez con más fuerza el agua. Reía. Cerraba los ojos y giraba sobre mi misma. Grité, todo el mundo debía saber que era feliz, y sobre todo, que lo era sin saber por qué. Seguí mi camino, sin destino alguno, cantando y acompañando la música con extravagantes pasos de baile. Movía el cuerpo al ritmo de la melodía inventada que se escapaba casi sin permiso de mi garganta, mi propia melodía. Esa que describía como me sentía, una melodía totalmente desconocida, pero más verdadera que ninguna otra. La banda sonora de aquel momento de mi vida, el acompañamiento a mi felicidad, una forma de tapar la cruda soledad.
De repente, sin poder controlarlo, la alegre melodía se fue tornando gris. Mi cuerpo dejó de bailar saltarín, y se abrazo a si mismo; me rodeé con mis propios brazos. Mi sonrisa desapareció, y con ella mi alegría. Entonces, sin poder evitarlo, la risa se convirtió en un llanto. Un llanto que me obligó a acurrucarme en una esquina de la calle y pasar la noche más fría de mi existencia.
jueves, 14 de marzo de 2013
Hoy no es un buen día
Hoy no es un buen día. No lo es porque estoy en mi casa, con el ordeador sobre mis rodillas, con las noticias en la tele, con el móvil a mi lado y con ganas de llorar. No es un buen día porque debería estar cumpliendo mi sueño. Veo como muchas personas lo consiguen, como le pueden ver a poco metros, escucharle en directo, sentirle cerca. Pero yo no, porque aunque está en mi país, ¿cuánta distancia nos separa? Geográficamente vivo más cerca de África que de España, así que da igual donde esté, porque sigue siendo demasiado lejos.
Las personas que me rodean no lo entienden, al menos la gran mayoría, y eso es lo peor. No se dan cuenta de lo que significa para mí, de lo que lo necesito... En vez de dedicarme palabras de ánimo, se ríen y pronuncian sin pensarlo un "jódete." Pues sí, me jodo aunque tú no lo digas, creéme que lo hago.
Muchas veces me pregunto, ¿por qué yo no puedo y el resto sí? ¿Por qué una persona que no estudia, está ahora mismo gritando a escasos metros de un escenario? ¿Por qué una persona que da problemas en casa, está escuchando su voz en directo? ¿Por qué el adolescente más irrespetuoso está encerrado en un estadio con él? Y sobre todo, por qué yo que estudio, no doy problemas, respeto y soy la hija ideal, PORQUE PUEDO JURAR QUE LO SOY, ¿por qué yo no estoy ahí? Es lo único que pido. Lo único a cambio de todo lo que hago. Y no, no lo tengo.
Never Say Never, Believe, los sueños de hacen realidad, lucha por tus sueños... Sí, yo no lo dudo. No puedo dudarlo porque le tengo a él como ejemplo. Esa persona que salió de la nada, para convertirse en el todo de mucha gente. En mi todo. Él es la clara prueba de que todo esto es cierto, pero no es fácil confiar cuando una y otra vez, ves escapar tu oportunidad.
Las personas que me rodean no lo entienden, al menos la gran mayoría, y eso es lo peor. No se dan cuenta de lo que significa para mí, de lo que lo necesito... En vez de dedicarme palabras de ánimo, se ríen y pronuncian sin pensarlo un "jódete." Pues sí, me jodo aunque tú no lo digas, creéme que lo hago.
Muchas veces me pregunto, ¿por qué yo no puedo y el resto sí? ¿Por qué una persona que no estudia, está ahora mismo gritando a escasos metros de un escenario? ¿Por qué una persona que da problemas en casa, está escuchando su voz en directo? ¿Por qué el adolescente más irrespetuoso está encerrado en un estadio con él? Y sobre todo, por qué yo que estudio, no doy problemas, respeto y soy la hija ideal, PORQUE PUEDO JURAR QUE LO SOY, ¿por qué yo no estoy ahí? Es lo único que pido. Lo único a cambio de todo lo que hago. Y no, no lo tengo.
Never Say Never, Believe, los sueños de hacen realidad, lucha por tus sueños... Sí, yo no lo dudo. No puedo dudarlo porque le tengo a él como ejemplo. Esa persona que salió de la nada, para convertirse en el todo de mucha gente. En mi todo. Él es la clara prueba de que todo esto es cierto, pero no es fácil confiar cuando una y otra vez, ves escapar tu oportunidad.
lunes, 4 de marzo de 2013
Pequeños placeres
Ese placer que sientes al abrir los ojos un sábado. Primero: miedo, rabia y ganas de llorar. ¿Ahora a clase? Entonces es cuando descubres que no, que por fin es sábado.Vuelves a cerrar los ojos y duermes hasta que ya no quieres más. A eso lo llamo yo: pequeño placer de la vida. Y como este hay muchos. Un libro nuevo, su olor. Una ducha de agua caliente en pleno invierno. Un abrazo justo en el momento en el que lo necesitas. Una peli, una manta y la lluvia de fondo. Una bolsa de golosinas. Un sentimiento que te hace sentir vivo. Una sonrisa de alguien, después de haberla ayudado. Una buena comida cuando llegas de clase. Música mientras miras el techo de tu habitación y tu mente toma otro rumbo. Un paseo tranquilo un domingo por la mañana. Coger sol en verano, con los ojos cerrados. Desayunar churros. Adoro los churros. Me encantan. Y si son con chocolate, mejor. Estos son el 0, 00000001% de todos los pequeños placeres. Y es muy triste que pensemos que por vivirlos, por conseguirlos, por tenerlos... Seamos felices. Porque la felicidad es más. Y nos da miedo. Por eso empleamos estas pequeñas cosas para poder decir "ahora mismo soy feliz"; y así poder engañarnos. E Incluso, si somos demasiado tontos, creerlo.
sábado, 23 de febrero de 2013
La esperanza
Esperanza, de color verde. La esperanza. Suena bien, sí. Siempre hay que tener esperanza, no rendirse, sino saber que existe la posibilidad. Confiar en que eso que esperamos, llegará. O eso es lo que dicen. Porque, ¿de qué te sirve la esperanza si cada vez que llegas a oler tu objetivo, desaparece? Eso solo hace daño. Tienes la esperanza, y de repente, te quedas sola. Y piensas, "por tonta, por creer que pasaría". Entonces que alguien me explique, ¿es bueno o es malo? Siempre nos referimos a ella como algo positivo, pero en ocasiones, yo lo veo como algo negativo.
Si vives sin esperanza, te dan ganas de suicidarse. "Dramática", pensarán. Bueno, no lo veo así... Atención: si no existe la esperanza de acabar los estudios en el cole, de llegar al instituto, de pasar la universidad, conseguir rabajo, enamorarse, viajar, formar una familia... Si no existe la esperanza, no esperaríamos nada. Y si no esperamos es porque nada nos hace ilusión. Si nada nos hace ilusión, no nos sentiríamos vivos. ¿Para que vivir estando medio muerto? Y ahora hay que volver a leer la primera frase del párrafo.
Pero ahora me lo planteo de otra forma. Tienes la esperanza en hacer nuevos amigos, pero resulta que te quedas sola. Tienes la esperanza de ir a Paris, pero pasan los años, y no hay viaje. Tienes la esperanza de conocer a alguien del que enamorarte, pero pasan los días, y no aparece. Tienes esperanza en poder conocer a un famoso, pero no, no lo consigues. Esperanza para esto y esperanza para lo otro. Pero nada en lo que confías se cumple. Y entonces, en estos casos, me pregunto, ¿para qué está la esperanza? ¿Para desilusionar? Y la respuest a vuelve a ser la primera frase del párrafo anterior.
No sé. Creo que hay que tener esperanza, pero no abusar de ella. Confiar, pero no dar por seguro. Saber que es propable, posible, que hay posibilidades, pero no pensar que seguro segurísimo, pasará. Ay, es raro, últimamente estoy muy filosófica. Muy sensible a todo lo que pienso o siento. Y no, no estoy enamorada. Punto y final.
Si vives sin esperanza, te dan ganas de suicidarse. "Dramática", pensarán. Bueno, no lo veo así... Atención: si no existe la esperanza de acabar los estudios en el cole, de llegar al instituto, de pasar la universidad, conseguir rabajo, enamorarse, viajar, formar una familia... Si no existe la esperanza, no esperaríamos nada. Y si no esperamos es porque nada nos hace ilusión. Si nada nos hace ilusión, no nos sentiríamos vivos. ¿Para que vivir estando medio muerto? Y ahora hay que volver a leer la primera frase del párrafo.
Pero ahora me lo planteo de otra forma. Tienes la esperanza en hacer nuevos amigos, pero resulta que te quedas sola. Tienes la esperanza de ir a Paris, pero pasan los años, y no hay viaje. Tienes la esperanza de conocer a alguien del que enamorarte, pero pasan los días, y no aparece. Tienes esperanza en poder conocer a un famoso, pero no, no lo consigues. Esperanza para esto y esperanza para lo otro. Pero nada en lo que confías se cumple. Y entonces, en estos casos, me pregunto, ¿para qué está la esperanza? ¿Para desilusionar? Y la respuest a vuelve a ser la primera frase del párrafo anterior.
No sé. Creo que hay que tener esperanza, pero no abusar de ella. Confiar, pero no dar por seguro. Saber que es propable, posible, que hay posibilidades, pero no pensar que seguro segurísimo, pasará. Ay, es raro, últimamente estoy muy filosófica. Muy sensible a todo lo que pienso o siento. Y no, no estoy enamorada. Punto y final.
jueves, 21 de febrero de 2013
El miedo
El miedo a fallar te frena, me frena. El miedo me impide seguir adelante. Me roba oportunidades. Me deja escondidas sin la suficiente fuerza para superar la barrera. El miedo se apodera de mí, y cuando lo hace, no hay manera de ser yo.
Existen muchos tipos de miedo, muchísimos. Miedo a los animales, a los bichos, a que te hagan daño, miedo a fracasar, miedo a hacer el ridículo, miedo a tener que mentir, a descubrir una dolorosa verdad, miedo al asesino que sale de debajo de la cama cuando estás solo en casa, miedo a tu madre enfadada, miedo a suspender, al rechazo, a enamorarse, a quedarse solo, miedo a perder todos tus sentidos, miedo a que la vida te robe a alguien especial... Demasiados miedos, y ninguno vale la pena. Ninguno nos beneficia. Todos nos hacen reflexionar más de la cuenta, todos nos hacen sufrir. Todos.
¿Conclusión? Ninguna. Solo que no me gusta sentir miedo, porque por su culpa, no gano. Pero también es cierto que, ¿si no tuviéseomos miedo, de qué nos sentiríamos orgullosos? Nada resultaría un reto. Todo sería demasiado fácil. Así que la conclusión puede que sea que odio el miedo, pero no quiero que desaparezca. Aunque también puede ser que tengo un lío y que esto no tiene sentido. Puede ser. Todo puede ser.
Existen muchos tipos de miedo, muchísimos. Miedo a los animales, a los bichos, a que te hagan daño, miedo a fracasar, miedo a hacer el ridículo, miedo a tener que mentir, a descubrir una dolorosa verdad, miedo al asesino que sale de debajo de la cama cuando estás solo en casa, miedo a tu madre enfadada, miedo a suspender, al rechazo, a enamorarse, a quedarse solo, miedo a perder todos tus sentidos, miedo a que la vida te robe a alguien especial... Demasiados miedos, y ninguno vale la pena. Ninguno nos beneficia. Todos nos hacen reflexionar más de la cuenta, todos nos hacen sufrir. Todos.
¿Conclusión? Ninguna. Solo que no me gusta sentir miedo, porque por su culpa, no gano. Pero también es cierto que, ¿si no tuviéseomos miedo, de qué nos sentiríamos orgullosos? Nada resultaría un reto. Todo sería demasiado fácil. Así que la conclusión puede que sea que odio el miedo, pero no quiero que desaparezca. Aunque también puede ser que tengo un lío y que esto no tiene sentido. Puede ser. Todo puede ser.
sábado, 9 de febrero de 2013
Sentirse sola
Sentirse sola, y además, sentirse culpable. Rutina. Día tras día. A veces esa sensación se agudiza, otras, apenas lo recuerdo. Pero siempe está. Sé que hay gente que me quiere y me apoya, pero también sé que hay otras personas, tremendamente importantes para mí, que no lo hacen como a mí me gustaría.
En ocasiones siento que sobro, que sin mí estarían mejor, y es horrible. La autoestima baja, baja y llega al subsuelo. Y ahí empiezo a decirme a mí misma que es normal. Yo me lo busco. Estar con alguien aburrido, es aburrido. Estar con alguien raro, no gusta. Estar con una persona antisocial, no es plato de buen gusto. Y sí, yo soy eso.
¿Qué puedo hacer? ¿Cambiar y dejar de ser yo? Eso no lo haría jamás. Porque yo soy yo, y nadie puede cambiar ese yo... Nadie menos yo. Parece un lío tremendo, pero es sencillo: si no me soporto a mi misma, cambio para poder aguantarme. No por el resto, por mí. Es lo único que se me ocurre.
No sé, no entiendo nada. Mi cabeza da vueltas y vueltas sin dejarme pensar con claridad, cosas de adolescentes. No sé, no sé, no sé. Solo sé que a veces las lágrimas ganan la batalla, y que el dolor se ahoga en la almohada .
En ocasiones siento que sobro, que sin mí estarían mejor, y es horrible. La autoestima baja, baja y llega al subsuelo. Y ahí empiezo a decirme a mí misma que es normal. Yo me lo busco. Estar con alguien aburrido, es aburrido. Estar con alguien raro, no gusta. Estar con una persona antisocial, no es plato de buen gusto. Y sí, yo soy eso.
¿Qué puedo hacer? ¿Cambiar y dejar de ser yo? Eso no lo haría jamás. Porque yo soy yo, y nadie puede cambiar ese yo... Nadie menos yo. Parece un lío tremendo, pero es sencillo: si no me soporto a mi misma, cambio para poder aguantarme. No por el resto, por mí. Es lo único que se me ocurre.
No sé, no entiendo nada. Mi cabeza da vueltas y vueltas sin dejarme pensar con claridad, cosas de adolescentes. No sé, no sé, no sé. Solo sé que a veces las lágrimas ganan la batalla, y que el dolor se ahoga en la almohada .
jueves, 31 de enero de 2013
Recordar me duele
Ir a clase era lo peor. Me daba miedo, no sabía lo que me esperaba cada día. No quería seguir escuchando insultos y burlas una y otra vez. ¿A quién le gusta eso? A nadie, a nadie le gusta sentirse humillado. Y así me sentía yo. Recuerdo cada una de las pabras que utilizaban para hacerme daño, aunque ellos ya no lo hagan. Empollona, enchufada, ombligo, Usain Díaz, gafas culo botella... Y más, más que intento no recordar. Intento no recordar, porque recodordar duele. Y duele más al saber que eran mis "amigos" los que lo hacían. Eran aquellos con los que siempre me había reído, aquellos a los que echaron de una tienda de golosinas en uno de mis cumples, aquellos con los que siempre formaba el grupo para hacer los trabajos de clase... Por eso dolía más. Y él, se burlaba él. Él era la persona por la que sentía algo especial en aquel entonces. Esa persona que me hacía daño, la que guiaba al resto en mi contra. ¿Cómo no iba a doler?
Ahora, todo vuelve a estar bien. Pero vuelve a estar bien conmigo. ¿Y el resto? Continúan las burlas con los demás. Siempre se los digo, siempre les repito que dejen a la gente en paz. Entonces me convierto en la aburrida del grupo. Creo que no se dan cuenta de lo que se siente al estar al otro lado, porque nunca han sido ellos los que reciben las burlas, no tienen ni idea de cómo se pasa, de lo que se llora a escondidas, de lo que se puede llegar a sufrir por simples palabras. No lo saben. Me culpo por no culparles. Sí, es raro, pero es así. Aunque pasen años y todo siga igual, sigo pensando en "no son conscientes del daño que hacen". Pero, la verdad, es que ya no sé si me estoy engañando a mi misma. Si de verdad saben el daño que causan, entonces necesitan ayuda, y siempre estaré aquí para poder ofrecérsela.
Ahora, todo vuelve a estar bien. Pero vuelve a estar bien conmigo. ¿Y el resto? Continúan las burlas con los demás. Siempre se los digo, siempre les repito que dejen a la gente en paz. Entonces me convierto en la aburrida del grupo. Creo que no se dan cuenta de lo que se siente al estar al otro lado, porque nunca han sido ellos los que reciben las burlas, no tienen ni idea de cómo se pasa, de lo que se llora a escondidas, de lo que se puede llegar a sufrir por simples palabras. No lo saben. Me culpo por no culparles. Sí, es raro, pero es así. Aunque pasen años y todo siga igual, sigo pensando en "no son conscientes del daño que hacen". Pero, la verdad, es que ya no sé si me estoy engañando a mi misma. Si de verdad saben el daño que causan, entonces necesitan ayuda, y siempre estaré aquí para poder ofrecérsela.
miércoles, 16 de enero de 2013
Las nubes, las estrellas y nuestra magia.
Esta entrada es un poco rara, no es lo que suelo escribir. Y la razón es esta: para la clase de lengua de mañana el profesor nos mandó a escribir una historia fantástica. Y como creo que me ha quedado medianamente bien, pues puedo aprovecharla para el blog.
Así que espero que el resultado guste, y gracias por leer.
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Juraría que había sido un sueño. Estaba casi segura de ello, hasta que abrí los ojos después de parpadear varias veces. Entonces descubrí que aquello era real.
Estaba en un bosque, pero un bosque extraño. El suelo húmedo ensuciaba mis manos, que se aferraban a la tierra haciéndome sentir un poco más segura. Me fijé en el árbol que tenía justo en frente. Miré las raíces y subí por el tronco. Subí, subí y subí. Incliné el cuello hacia atrás para poder llegar al final del espectacular ejemplar. Pero era imposible, no tenía final.
- ¿A que es muy alto?
Una voz me sorprendió. No me moví de donde estaba, sólo cerré los ojos. Tenía miedo, pues no sabía dónde estaba, no sabía como podía haber árboles tan altos, no sabía quien vivía en ese lugar… No sabía quien me hablaba.
- No te haré daño.
Mis párpados, cerrados, impedían que viese de quién provenía la voz. Así que abrí un ojo primero, dejando el otro medio cerrado. Sin saber muy bien qué esperar. Esto pareció hacer gracia al chico, que me miraba con una sonrisa de lo más traviesa, pero con un toque de ternura.
- ¿Quién eres? – le pregunté con una voz que no reconocía ni yo misma.
- O sea, que tú vez a alguien con el pelo dorado, los ojos azules pero con la pupila violeta, la piel extrañamente morena, la nariz puntiaguda, las orejas alargadas, las pestañas enormes, los labios carnosos y los dientes deslumbrantes, ¿y me preguntas quién soy? No sería mejor decir, ¿qué soy?
No me había percatado de cada uno de esos rasgos, pero mientras él extraño chicos los nombraba yo me fijaba en ellos, llegando a una conclusión: era un ser sobrenatural, y desde luego, su belleza también lo era.
- ¿Qué eres, entonces? – una pequeña carcajada, que sonaba a música, se escapó de su garganta,
- Pobre de ti si crees que te lo diré.
Me enfadó, muchísimo. Me puse en pie e intenté correr, alejarme de aquel… ser. Pero parecía que… Bueno, no parecía, estaba flotando. Mis pies se levantaban unos centímetros del suelo y tenía la extraña sensación de estar sobre el aire, sin sujetarme a nada. Me sentía más libre que nunca.
- ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es esto? ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Por qué floto? ¿Por qué ese árbol no tiene fin? ¿Por qué eres tan… por qué eres tan repugnantemente perfecto?
- ¿Crees que soy perfecto?
- He dicho repugnante. Pero ¿podrías contestar a todas las demás preguntas, por favor? Tengo miedo. No te conozco. Este lugar no es normal, parece mágico. Y yo nunca he creído en la magia.
- Ahí te equivocas, pequeñina. Crees en la magia, porque si no, no me verías.
- ¿Qué quieres decir? –sentía que me picaban los ojos. No quería llorar, pero todo era tan raro…
- ¿Qué quieres decir? – repetí, ahora en susurro.
- Soy un ser mágico, y como yo, hay muchísimos diferentes. Los tuyos, los humanos, piensan que no creen en la magia, pero sí que lo hacen. Todos creemos en la magia. Nosotros vivimos aquí para no ser juzgados, vivimos escondidos. Tomamos una especie de medicina que nos hace invisibles al ojo humano. Pero esa medicina está hecha de nubes, para eso son tan grandes estos árboles. Las nubes se enredan en sus copas, nosotros subimos y las comemos. Pensarás que son deliciosas, y desde luego lo son. Pero no queremos seguir comiendo nubes, no podemos hacerlo. Porque se terminarán, y entonces tendremos que recurrir a las estrellas.
- ¿A las estrellas? – las lágrimas, recorrían en silencio mis mejillas.
- Sí. Imagina una noche sin estrellas.
- No puede pasar eso.
- Por eso te he llamado.
- ¿Qué tengo que hacer?
- Tienes que demostrar que existe la magia, que no hacemos daño a nadie, que somos extraños, que hay árboles gigantes, que se puede flotar, que las nubes son una medicina y que si no te hacen caso, las estrellas morirán. ¿Podrás hacerlo?
Se acercó a mí y con un solo dedo me secó las lágrimas. Su tacto era suave, tan suave que daba miedo.
- ¿Podrás? – volvió a preguntar sonriendo.
- Lo que nadie podrá es detenerme.
Hoy han pasado 70 años desde que viví esa historia. Conseguí mi meta. Conseguí que la gente se diera cuenta de que creía en la magia. Conseguí que pudiéramos vivir juntos, los mágicos y los humanos.
Tenía 17 años, y después de haber resuelto el problema tenía principalmente una pregunta en la cabeza: ¿por qué me había elegido a mí? No dudé en plantársela a aquel extraño ser, a Jaxon.
¿Y sabes qué, querido diario? La respuesta a esa pregunta consiguió que me casara con el extraño chico, de sonrisa pícara, ojos azules y pelo dorado. Me casé con él. Y aunque te mueras de ganas por saberlo, no te diré ni la frase ni la forma en la que salve al mundo mágico. No te las diré. Porque no quiero que las sepas, aunque seas mi diario. Nadie las sabrá. Solo él y yo.
Gracias por dejar que te cuente mis cosas, gracias por aguantar tantas palabras, tantas emociones. Tan solo gracias, querido diario. Aquí quedan escritos 70 años de mi vida, y ya no más. Porque ahora quiero que esta vida sea solo mía y de él. Será una vida eterna, porque seremos jóvenes eternamente.
martes, 15 de enero de 2013
3 preguntas
Y entonces me planteo, ¿quién me quiere, pero de verdad? O mejor, ¿a quién le importo? Si desapareciese, ¿quién me echaría de menos? Típica pregunta sin respuesta.
¿Los profesores mirarían mi mesa con nostalgia? Y mis compañeros, ¿me echarían de menos? Sería una buena forma de saber quiénes son mis amigos, aquellos que me quieren de verdad. Los que se procupan por mi estado, los que hacen lo imposible por verme sonreír, los que provocan mis carcajas, los que confían en mí, y a su vez, se han ganado mi confianza.
Hacer la maleta. Sin móvil, sin ordenador, sin nada que pueda mantener la relación con el resto. Hacer eso, y después de unos meses, recuperarlo todo. Lo material y la vida. ¿Cuántas llamadas tendría? ¿Cuántos mensajes? ¿Cuántas voces preocupadas? ¿Cuántas lágrimas derramadas? ¿Cuántos "te quiero" jamás mencionados?
Volvería. Volvería y abrazaría a los que me importan, y sobre todo, a los que importo. Descubriría a esas personas que con gran falsedad, me dan la bienvenida. Por fin sabría lo que me pregunto:
¿Los profesores mirarían mi mesa con nostalgia? Y mis compañeros, ¿me echarían de menos? Sería una buena forma de saber quiénes son mis amigos, aquellos que me quieren de verdad. Los que se procupan por mi estado, los que hacen lo imposible por verme sonreír, los que provocan mis carcajas, los que confían en mí, y a su vez, se han ganado mi confianza.
Hacer la maleta. Sin móvil, sin ordenador, sin nada que pueda mantener la relación con el resto. Hacer eso, y después de unos meses, recuperarlo todo. Lo material y la vida. ¿Cuántas llamadas tendría? ¿Cuántos mensajes? ¿Cuántas voces preocupadas? ¿Cuántas lágrimas derramadas? ¿Cuántos "te quiero" jamás mencionados?
Volvería. Volvería y abrazaría a los que me importan, y sobre todo, a los que importo. Descubriría a esas personas que con gran falsedad, me dan la bienvenida. Por fin sabría lo que me pregunto:
¿Quién me quiere?
¿A quién le importo?
¿Quién me echaría de menos?
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