lunes, 4 de marzo de 2013

Pequeños placeres

Ese placer que sientes al abrir los ojos un sábado. Primero: miedo, rabia y ganas de llorar. ¿Ahora a clase? Entonces es cuando descubres que no, que por fin es sábado.Vuelves a cerrar los ojos y duermes hasta que ya no quieres más. A eso lo llamo yo: pequeño placer de la vida. Y como este hay muchos. Un libro nuevo, su olor. Una ducha de agua caliente en pleno invierno. Un abrazo justo en el momento en el que lo necesitas. Una peli, una manta y la lluvia de fondo. Una bolsa de golosinas. Un sentimiento que te hace sentir vivo. Una sonrisa de alguien, después de haberla ayudado. Una buena comida cuando llegas de clase. Música mientras miras el techo de tu habitación y tu mente toma otro rumbo. Un paseo tranquilo un domingo por la mañana. Coger sol en verano, con los ojos cerrados.   Desayunar churros. Adoro los churros. Me encantan. Y si son con chocolate, mejor.                                                                                              Estos son el 0, 00000001% de todos los pequeños placeres. Y es muy triste que pensemos que por vivirlos, por conseguirlos, por tenerlos... Seamos felices. Porque la felicidad es más. Y nos da miedo. Por eso empleamos estas pequeñas cosas para poder decir "ahora mismo soy feliz"; y así poder engañarnos. E Incluso, si somos demasiado tontos, creerlo.                                                                                                                                        

sábado, 23 de febrero de 2013

La esperanza

Esperanza, de color verde. La esperanza. Suena bien, sí. Siempre hay que tener esperanza, no rendirse, sino saber que existe la posibilidad. Confiar en que eso que esperamos, llegará. O eso es lo que dicen. Porque, ¿de qué te sirve la esperanza si cada vez que llegas a oler tu objetivo, desaparece? Eso solo hace daño. Tienes la esperanza, y de repente, te quedas sola. Y piensas, "por tonta, por creer que pasaría". Entonces que alguien me explique, ¿es bueno o es malo? Siempre nos referimos a ella como algo positivo, pero en ocasiones, yo lo veo como algo negativo.

Si vives sin esperanza, te dan ganas de suicidarse. "Dramática", pensarán. Bueno, no lo veo así... Atención: si no existe la esperanza de acabar los estudios en el cole, de llegar al instituto, de pasar la universidad, conseguir rabajo, enamorarse, viajar, formar una familia... Si no existe la esperanza, no esperaríamos nada. Y si no esperamos es porque nada nos hace ilusión. Si nada nos hace ilusión, no nos sentiríamos vivos. ¿Para que vivir estando medio muerto? Y ahora hay que volver a leer la primera frase del párrafo.

Pero ahora me lo planteo de otra forma. Tienes la esperanza en hacer nuevos amigos, pero resulta que te quedas sola. Tienes la esperanza de ir a Paris, pero pasan los años, y no hay viaje. Tienes la esperanza de conocer a alguien del que enamorarte, pero pasan los días, y no aparece. Tienes esperanza en poder conocer a un famoso, pero no, no lo consigues. Esperanza para esto y esperanza para lo otro. Pero nada en lo que confías se cumple. Y entonces, en estos casos, me pregunto, ¿para qué está la esperanza? ¿Para desilusionar? Y la respuest a vuelve a ser la primera frase del párrafo anterior.

No sé. Creo que hay que tener esperanza, pero no abusar de ella. Confiar, pero no dar por seguro. Saber que es propable, posible, que hay posibilidades, pero no pensar que seguro segurísimo, pasará. Ay, es raro, últimamente estoy muy filosófica. Muy sensible a todo lo que pienso o siento. Y no, no estoy enamorada. Punto y final.

jueves, 21 de febrero de 2013

El miedo

El miedo a fallar te frena, me frena. El miedo me impide seguir adelante. Me roba oportunidades. Me deja escondidas sin la suficiente fuerza para superar la barrera. El miedo se apodera de mí, y cuando lo hace, no hay manera de ser yo.

Existen muchos tipos de miedo, muchísimos. Miedo a los animales, a los bichos, a que te hagan daño, miedo a fracasar, miedo a hacer el ridículo, miedo a tener que mentir, a descubrir una dolorosa verdad, miedo al asesino que sale de debajo de la cama cuando estás solo en casa, miedo a tu madre  enfadada, miedo a suspender, al rechazo, a enamorarse, a quedarse solo, miedo a perder todos tus sentidos, miedo a que la vida te robe a alguien especial... Demasiados miedos, y ninguno vale la pena. Ninguno nos beneficia. Todos nos hacen reflexionar más de la cuenta, todos nos hacen sufrir. Todos.

¿Conclusión? Ninguna. Solo que no me gusta sentir miedo, porque por su culpa, no gano. Pero también es cierto que, ¿si no tuviéseomos miedo, de qué nos sentiríamos orgullosos? Nada resultaría un reto. Todo sería demasiado fácil. Así que la conclusión puede que sea que odio el miedo, pero no quiero que desaparezca. Aunque también puede ser que tengo un lío y que esto no tiene sentido. Puede ser. Todo puede ser.

sábado, 9 de febrero de 2013

Sentirse sola

Sentirse sola, y además, sentirse culpable. Rutina. Día tras día. A veces esa sensación se agudiza, otras, apenas lo recuerdo. Pero siempe está. Sé que hay gente que me quiere y me apoya, pero también sé que hay otras personas, tremendamente importantes para mí, que no lo hacen como a mí me gustaría.

En ocasiones siento que sobro, que sin mí estarían mejor, y es horrible. La autoestima baja, baja y llega al subsuelo. Y ahí empiezo a decirme a mí misma que es normal. Yo me lo busco. Estar con alguien aburrido, es aburrido. Estar con alguien raro, no gusta. Estar con una persona antisocial, no es plato de buen gusto. Y sí, yo soy eso.

¿Qué puedo hacer? ¿Cambiar y dejar de ser yo? Eso no lo haría jamás. Porque yo soy yo, y nadie puede cambiar ese yo... Nadie menos yo. Parece un lío tremendo, pero es sencillo: si no me soporto a mi misma, cambio para poder aguantarme. No por el resto, por mí. Es lo único que se me ocurre.

No sé, no entiendo nada. Mi cabeza da vueltas y vueltas sin dejarme pensar con claridad, cosas de adolescentes. No sé, no sé, no sé. Solo sé que a veces las lágrimas ganan la batalla, y que el dolor se ahoga en la almohada .

jueves, 31 de enero de 2013

Recordar me duele

        Ir a clase era lo peor. Me daba miedo, no sabía lo que me esperaba cada día. No quería seguir escuchando insultos y burlas una y otra vez. ¿A quién le gusta eso? A nadie, a nadie le gusta sentirse humillado. Y así me sentía yo. Recuerdo cada una de las pabras que utilizaban para hacerme daño, aunque ellos ya no lo hagan. Empollona, enchufada, ombligo, Usain Díaz, gafas culo botella... Y más, más que intento no recordar. Intento no recordar, porque recodordar duele. Y duele más al saber que eran mis "amigos" los que lo hacían. Eran aquellos con los que siempre me había reído, aquellos  a los que echaron de una tienda de golosinas en uno de mis cumples, aquellos con los que siempre formaba el grupo para hacer los trabajos de clase... Por eso dolía más. Y él, se burlaba él. Él era la persona por la que sentía algo especial en aquel entonces. Esa persona que me hacía daño, la que guiaba al resto en mi contra. ¿Cómo no iba a doler?

        Ahora, todo vuelve a estar bien. Pero vuelve a estar bien conmigo. ¿Y el resto? Continúan las burlas con los demás. Siempre se los digo, siempre les repito que dejen a la gente en paz. Entonces me convierto en la aburrida del grupo. Creo que no se dan cuenta de lo que se siente al estar al otro lado, porque nunca han sido ellos los que reciben las burlas, no tienen ni idea de cómo se pasa, de lo que se llora a escondidas, de lo que se puede llegar a sufrir por simples palabras. No lo saben. Me culpo por no culparles. Sí, es raro, pero es así. Aunque pasen años y todo siga igual, sigo pensando en "no son conscientes del daño que hacen". Pero, la verdad, es que ya no sé si me estoy engañando a mi misma. Si de verdad saben el daño que causan, entonces necesitan ayuda, y siempre estaré aquí para poder ofrecérsela.

miércoles, 16 de enero de 2013

Las nubes, las estrellas y nuestra magia.


Esta entrada es un poco rara, no es lo que suelo escribir. Y la razón es esta: para la clase de lengua de mañana el profesor nos mandó a escribir una historia fantástica. Y como creo que me ha quedado medianamente bien, pues puedo aprovecharla para el blog.

Así que espero que el resultado guste, y gracias por leer.

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   Juraría que había sido un sueño. Estaba casi segura de ello, hasta que abrí los ojos después de parpadear varias veces. Entonces descubrí que aquello era real.

   Estaba en un bosque, pero un bosque extraño. El suelo húmedo ensuciaba mis manos, que se aferraban a la tierra haciéndome sentir un poco más segura. Me fijé en el árbol que tenía justo en frente. Miré las raíces y subí por el tronco. Subí, subí y subí. Incliné el cuello hacia atrás para poder llegar al final del espectacular ejemplar. Pero era imposible, no tenía final.

-          ¿A que es muy alto?

   Una voz me sorprendió. No me moví de donde estaba, sólo cerré los ojos. Tenía miedo, pues no sabía dónde estaba, no sabía como podía haber árboles tan altos, no sabía quien vivía en ese lugar… No sabía quien me hablaba.

-          No te haré daño.

   Mis párpados, cerrados, impedían que viese de quién provenía la voz. Así que abrí un ojo primero, dejando el otro medio cerrado. Sin saber muy bien qué esperar. Esto pareció hacer gracia al chico, que me miraba con una sonrisa de lo más traviesa, pero con un toque de ternura.

-          ¿Quién eres? – le pregunté con una voz que no reconocía ni yo misma.
-          O sea, que tú vez a alguien con el pelo dorado, los ojos azules pero con la pupila violeta, la piel extrañamente morena, la nariz puntiaguda, las orejas alargadas, las pestañas enormes, los labios carnosos y los dientes deslumbrantes, ¿y me preguntas quién soy? No sería mejor decir, ¿qué soy?

   No me había percatado de cada uno de esos rasgos, pero mientras él extraño chicos los nombraba yo me fijaba en ellos, llegando a una conclusión: era un ser sobrenatural, y desde luego, su belleza también lo era.

-          ¿Qué eres, entonces? – una pequeña carcajada, que sonaba a música, se escapó de su garganta,
-          Pobre de ti si crees que te lo diré.

   Me enfadó, muchísimo. Me puse en pie e intenté correr, alejarme de aquel… ser. Pero parecía que… Bueno, no parecía, estaba flotando. Mis pies se levantaban unos centímetros del suelo y tenía la extraña sensación de estar sobre el aire, sin sujetarme a nada. Me sentía más libre que nunca.

-          ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es esto? ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Por qué floto? ¿Por qué ese árbol no tiene fin? ¿Por qué eres tan… por qué eres tan  repugnantemente perfecto?
-          ¿Crees que soy perfecto?
-          He dicho repugnante. Pero ¿podrías contestar a todas las demás preguntas, por favor? Tengo miedo. No te conozco. Este lugar no es normal, parece mágico. Y yo nunca he creído en la magia.
-          Ahí te equivocas, pequeñina. Crees en la magia, porque si no, no me verías.
-          ¿Qué quieres decir? –sentía que me picaban los ojos. No quería llorar, pero todo era tan raro…
-          ¿Qué quieres decir? – repetí, ahora en susurro.
-          Soy un ser mágico, y como yo, hay muchísimos diferentes. Los tuyos, los humanos, piensan que no creen en la magia, pero sí que lo hacen. Todos creemos en la magia. Nosotros vivimos aquí para no ser juzgados, vivimos escondidos. Tomamos una especie de medicina que nos hace invisibles al ojo humano. Pero esa medicina está hecha de nubes, para eso son tan grandes estos árboles. Las nubes se enredan en sus copas, nosotros subimos y las comemos. Pensarás que son deliciosas, y desde luego lo son. Pero no queremos seguir comiendo nubes, no podemos hacerlo. Porque se terminarán, y entonces tendremos que recurrir a las estrellas.
-          ¿A las estrellas? – las lágrimas, recorrían en silencio mis mejillas.
-          Sí. Imagina una noche sin estrellas.
-          No puede pasar eso.
-          Por eso te he llamado.
-          ¿Qué tengo que hacer?
-          Tienes que demostrar que existe la magia, que no hacemos daño a nadie, que somos extraños, que hay árboles gigantes, que se puede flotar, que las nubes son una medicina y que si no te hacen caso, las estrellas morirán. ¿Podrás hacerlo?

   Se acercó a mí y con un solo dedo me secó las lágrimas. Su tacto era suave, tan suave que daba miedo.

-          ¿Podrás? – volvió a preguntar sonriendo.
-          Lo que nadie podrá es detenerme.


   Hoy han pasado 70 años desde que viví esa historia. Conseguí mi meta. Conseguí que la gente se diera cuenta de que creía en la magia. Conseguí que pudiéramos vivir juntos, los mágicos y los humanos.

   Tenía 17 años, y después de haber resuelto el problema tenía principalmente una pregunta en la cabeza: ¿por qué me había elegido a mí? No dudé en plantársela a aquel extraño ser, a Jaxon.

   ¿Y sabes qué, querido diario? La respuesta a esa pregunta consiguió que me casara con el extraño chico, de sonrisa pícara, ojos azules y pelo dorado. Me casé con él. Y aunque te mueras de ganas por saberlo, no te diré ni la frase ni la forma en la que salve al mundo mágico. No te las diré. Porque no quiero que las sepas, aunque seas mi diario. Nadie las sabrá. Solo él y yo.

  Gracias por dejar que te cuente mis cosas, gracias por aguantar tantas palabras, tantas emociones. Tan solo gracias, querido diario. Aquí quedan escritos 70 años de mi vida, y ya no más. Porque ahora quiero que esta vida sea solo mía y de él. Será una vida eterna, porque seremos jóvenes eternamente.

martes, 15 de enero de 2013

3 preguntas

Y entonces me planteo, ¿quién me quiere, pero de verdad? O mejor, ¿a quién le importo? Si desapareciese, ¿quién me echaría de menos? Típica pregunta sin respuesta.

¿Los profesores mirarían mi mesa con nostalgia? Y mis compañeros, ¿me echarían de menos? Sería una buena forma de saber quiénes son mis amigos, aquellos que me quieren de verdad. Los que se procupan por mi estado, los que hacen lo imposible por verme sonreír, los que provocan mis carcajas, los que confían en mí, y a su vez, se han ganado mi confianza.

Hacer la maleta. Sin móvil, sin ordenador, sin nada que pueda mantener la relación con el resto. Hacer eso, y después de unos meses, recuperarlo todo. Lo material y la vida. ¿Cuántas llamadas tendría? ¿Cuántos mensajes? ¿Cuántas voces preocupadas? ¿Cuántas lágrimas derramadas? ¿Cuántos "te quiero" jamás mencionados?

Volvería. Volvería y abrazaría a los que me importan, y sobre todo, a los que importo. Descubriría a esas personas que con gran falsedad, me dan la bienvenida. Por fin sabría lo que me pregunto:

¿Quién me quiere?
¿A quién le importo?
¿Quién me echaría de menos?